Que diantre esconde en su esencia la significación del concepto de traición? ¿Acaso su efectuación remite a una violencia contra los dictados de la ley suprema de Dios y a su vez supone la aplicación de una pena transmundana? ¿O solo se trata de un constructo de la historia para resguardar los derechos del poder y por tanto será siempre interpuesto, interesadamente, a guisa de axioma moral? ¿O solo es la proyección del más íntimo de nuestros terrores individuales, el cual no es otro que velar por nuestra naturaleza de dominio sobre el prójimo? ¿O es solo un vetusto malentendido en el devenir humano y tal concepto no es sino una inversión generalizada de nuestra primordial condición como hombres? ¿Etc.?
En verdad que el dilucidar tales preocupaciones, para dar con el hecho mismo de la traición, llevaría a tan complicadas cavilaciones que ni siquiera la más elaborada retórica filosófica pudiera estar presta a asumir tamaña desproporción. Pareciera mas cómodo y sensato sustraerse de tan agobiantes preocupaciones y reseñar algunas formas en la cual la traición se presenta en los sujetos y como es llevada a cuesta por los protagonistas. (La dialéctica del traidor y el traicionado, solo como formula explicativa, debería ser asumirá como el mecanismo didáctico para intentar comprender muy generalmente las formas de la traición y como esta es vivida individualmente, solo que por razones de necesaria brevedad solo atenderemos la perspectiva del lado del traidor.)
En cuanto al término traición debemos decir que este resulta de suyo comprensible a casi cualquier oído. Es así que figuradamente podemos expresar que este remite a priori a la idea de una ruptura intempestiva entre dos destinos que se imbricaban armónicamente y tendían a la complicidad, concurriendo estos individuales o colectivos. Traición es entonces, en esta primera aproximación, la interferencia inopinada de lo improbable y la inaugural presencia del dolor causada por el giro atroz que un cercano le imprime al vínculo. Traición es el requerimiento mendaz de quien siempre dijo amigo y se suponía candor, es el vuelco inesperado del amante quien a hurtadillas abriga con ardor un destino en otro, es el acuerdo desecho por la impronta de la ambición y de las promesas fáciles, es la consumación presente y obstinadamente evitada de la ausencia del camarada. Es el guiño que hace la muerte cuando debía estar privada, es, sobretodo, la necesidad impuesta de borrar para siempre de la memoria un grácil y amable pasado, una historia indulgente, para de sopetón interponer la herida de la nada, el vacío del recuerdo. Traición es el olvido impuesto.
Variedades de traidor:
A) El traidor mecánico.
Este tipo de traidor es el más ampliamente diseminado. El rasgo que lo singulariza estriba en su ineptitud para asimilar la distinción clásica y maniquea de lo bueno y lo malo. Este tipo de traidor no alcanza valorar el como muchos de sus actos contravienen los prejuicios morales mas extendidos sobre el tema en cuestión, ocurriendo esto a partir de una extensa banalización o un desconocimiento de los mismos. Se trata de un traidor automatizado objeto de fuerzas sociales que lo superan las cuales lo definen y le imponen de un destino. Este y la forma de traición en la que incurre se encuentra presente en la mayoría de los fenómenos de incidencia colectiva; se pueden observar en la conducta amatoria del macho latinoamericano en casi todas sus manifestaciones, Vg.: cuando habilita, vía los hechos, la viril multiplicidad de los encuentros amorosos. En el creciente utilitarismo de la actual militancia política que algunos llaman clientelismo y que tipifica al partido pragmático, en la que el leiv motiv de la pertenencia partidista no es otra que la búsqueda del bienestar individual mas allá de cualquier creencia o afecto. En la actividad de los mercachifles que pululan en la sociedad del capital en la cual las exigencias del provecho convierten en subsidiaria a cualquier otra urgencia de la vida cotidiana. En las relaciones diarias entre los amigos, en la que las premuras de la sobrevivencia individual suelen abrogarse los derechos del mas apto en franco menoscabo de las consideraciones fraternas. En la increíble sumisión del explotado fabril para quien el rol de esquirol no resulta sino una vertiginosa y excepcional expresión de su actuación diaria. En el sujeto mediatizado para quien los mandatos incorpóreos de la imagen y la significación tecnológica son traducidos a propósito de la producción de un ser capaz de revocar la consistencia de lo material a favor de una prevaricación de lo real, etc.
B) El traidor insigne.
Es “el gran paranoico” de la nomenclatura Deleuziana, es aquel que no cesa de ser perseguido por sus delirios de grandeza y por los deseos de manejos colectivos, por el afán por compendiar los grandes números y por su compulsión al control infinitesimal de la vida que le rodea. Es de algún modo “el perverso” de la psicología del inconciente de Freud quien recrudece en el placer de verse capaz de transgredir la norma e infligir dolor. Es “el hombre de éxito” del oprobio literario del capital, con sus poses de conocedor imperturbable, con sus famas de victorioso a todo trance en los negocios, con su desden a lo mediocre, con su disimulada rabia a lo plebeyo.
Este tipo de traidor se caracteriza porque no puede sustraerse de la idea ininterrumpida y jamás saciada del logro de un objetivo privilegiado ya sea dinero, poder, amor, etc., en concordancia con un impulso recóndito de producir suplicio. Ambición y sadismo constituye así una pareja indisoluble que define a este tipo de traidor y que a la par le da una fuerza para la sobrevivencia, de una índole tal, que suele en la ,mayoría de los casos permitirle imponerse sobre los demás. Es este el insomne perpetuo, el infatigable rastreador y el neurótico por excelencia, el hombre de las fijaciones y obsesiones. Sabe adecuarse a las situaciones y da fe de una plasticidad pasmosa logrando las más disímiles metamorfosis en pro de conquistar los objetos de sus más perentorios deseos. Pocas veces deja de rumiar, buscando una clave, hechos acontecidos que le ocasionan algún perjuicio a los que paralelamente les interpone un plan futuro en procura de un eventual aprovechamiento. No se cansa de tramar situaciones que le favorezcan, para lo cual desarrolla toda una vasta capacidad para la manipulación. Explota a los suyos y a quienes le rodean en una demencial tribulación a favor de sus intereses. Por otro lado resulta incapaz de verse acorralado por el mandato de las normas por lo que siempre se las ingenia para decretar aquellas que le conviene para su observancia. Traiciona a menudo y muy a sabiendas de la trasgresión que invoca y esto le produce un degustado placer que lo equipara a victoria por la devastación ajena que produce. Los más destacados de ellos aprovechan y economizan las arduas tareas que le impone la pulsión de conquista con la satisfacción que las caídas enemigas le producen. No conoce el peso de la recriminación de conciencia porque todas sus actuaciones son consagradas a la luz de una versátil y maleable moral intima y de bolsillo que todo legitima. Abomina del pasado y se refrenda en las acciones presentes y futuras, por lo que no cesa de desmerecer el recuerdo de las añejas devociones, etc.
La historia universal ha dado en tratar el tema en cuestión con ejemplos altisonantes y de mayúsculas consumaciones como las de Brutus, Judas o Fouche. Pero creemos que este tipo de traidor que aquí localizamos es menos notorio de lo que la tradición historiográfica esboza y se encuentra más extendido y comúnmente interpuesto de lo que se pudiera sospechar a través de toda la superficie social del capitalismo. Tenemos por ejemplo que actualmente se pueden ubicar aquí a la gran mayoría de los hombres acaudalados de la burguesía mundial quienes tras sí no pocas vilezas bien camufladas o no tanto urdieron en procura de acrecentar el éxito de sus negocios sin reparar en sagradas moralidades o remilgos caritativos. Se pueden resaltar en este sentido los bien conocidos perfomances de atropello y abuso de un magnate de la talla de Rockefeller o de las audacias cínicas de un Gates a quienes no precisamente se les conoce por su denodada lealtad a las premuras de lo sensible. Lo son también un buen numero de dirigentes políticos de la reciente modernidad mundial que sin esta condición de traidores de buen seguro no hubiesen pasado de ser unos oscuros oficiantes de la burocracia en la que nombres tan prominentes como los de Churchill, De Gaulle, Nixon etc. bien resaltarían en este gris listado.
C) El traidor nefasto.
Resulta que existen sujetos de traición que adelantan sus acciones constreñidos por fuerzas exteriores sin atender a sus propios deseos, siendo que a su vez disponen en su conciencia de un suficiente arsenal ético para valorar los términos de la misma. Son el tipo de traidores que se abocan a su infamia en franco detrimento de su propia estabilidad emocional y que para su superación intentan sin mucho éxito la tergiversación de ese evento que los atormenta. Son estos los inevitables vacilantes, los engatillados perpetuos, los tartamudos de la praxis, que demandan de la duda una razón para su definición existencial. Incapaces de sobreponerse al peso de sus ultrajados prejuicios suelen deambular sin brújula en los conocidos territorios de su accionar mostrándose por ello inigualablemente diestros en el arte de la derrota y de la claudicación compulsiva. Prisioneros de una memoria pétrea y de las exigencias de esta, concurren ante el futuro y hacia lo nuevo en condiciones de evidente rechazo, convirtiéndose por ello en agentes permanentes de lo nostálgico ocurriendo que no pocas veces dejan escapar invalorables oportunidades de emancipación personal.
Este tipo de traidor tiene que habérselas recurrentemente con las recriminaciones de su propia intimidad una vez consumada su vileza, trayendo esto como consecuencia el tener que someterse a intensos periodos de sufrimiento y depresión para lo cual su cura solo la puede localizar en una simulada conversión dispuesta a culpabilizar al objeto de la traición por ellos obrada. Es el llamado hombre del resentimiento y de la mala conciencia de la esclarecedora tipología de Nietzsche, y por ello el hombre débil por excelencia. Es, igualmente, el hombre acontecido por la llamada mala fe del existencialismo de Sartre, el Salieri atormentado y sañudo que tuvo que padecer Mozart, el Javert rencoroso y apoquinado de Víctor Hugo, el Gregorio Samsa de la martiriología de Kafka. Es el pavoso de la socarronería criolla.
Refractario a observar las precariedades de su alma apagada recurre con fruición a la insistente acusación al otro para así aliviar la carga que lo agobia y que no deja de amenazar su estabilidad y aliento de vida. Diletante vertiginoso del dolor y el fracaso solo sabe encontrar en sus desmerecidos actos de traición un aliciente para reconfortar su abismal frustración que no cesa de acompañarlo. La imaginaria muerte de su infamado, la recreada devastación de su afrentado, es la fuerza energética que lo aferra a la vida y que le permite mantenerse en pie.
Abundan en la vida este tipo de traidores y las más de las veces se pierden en la pequeñez de sus actuaciones y en la decrepitud de sus intentos. En la vida amorosa es el incesante celoso que no cesa de encontrar en cualquier gesto de la amada los signos deleznables de su deslealtad para así luego refocilarse, en secreto, con su melodramático destino, que la más de las veces acaba en ruptura. En el mundo de los negocios es el incorregible fracasado a quien solo se le permite una oportunidad, ya que el capital con su ferocidad característica siempre termina derrotándolo y extrañándolo de sus espacios. En el mundo de la política lo observamos por doquier y solo los más resistentes pueden obtener una cierta figuración que siempre será efímera y precaria.
NO SE JUSTO QUE EMPIEZAN LAS CAMPAÑAS ELECTORERAS EN SU PATRIA MILORDA MMNN CREO ESTA BIEN EL TEMA , FILOSOFIA PURETE . OH! VERBORRAGIA EMBUTIDA.. OHOHOH VERY GOOD