Bueno, pues me han llegado algunos dardos envenenados, y es que la gente es por naturaleza FEA (Falaz, Envidiosa y Ágrafa). O sea, Una escribe con el corazón en la mano y ¿qué es lo que recibe? Ingratitud, difamación, actos vandálicos, odio, vejaciones… Cómo es la gente. Qué ordinaria.

Yo, que soy prácticamente como una cenobita en su celda, soy invulnerable a la Malignidad ajena. Bien sabe Dios que yo no doy pábulo a ese tipo de actitudes. El rencor, la venganza, la crítica… no son para mí. Yo, entre una piadosa meditación evangélica —por ejemplo, ¿fue la Verónica la primera fashion victim de la historia (lo digo por su afición a la moda logo, que llevó hasta sus últimas consecuencias)?— o idear una nueva forma de tortura especialmente eficaz y dolorosa, me quedo con lo primero. Dónde va a parar. Para imaginar formas de tortura de lo más imaginativas, incluso para aplicarlas, ya está el Destino, Dios o el equipo de guionistas de Patricia Gaztañaga (salidos, probablemente, del Gabinete del doctor Caligari).

Y sin embargo, la gente no me cree. El escepticismo es el mal más común de nuestros días, junto con las mechas y los tejidos sintéticos. Bueno, allá cada cual. Yo prefiero abrazar la vida monástica antes que hundirme en las cenagosas aguas de la Acidia (acidia, no acedía —papá, o sea, el Rey en el exilio, es una víctima frecuente de este tipo de dolencia—, aunque suelen estar muy relacionadas).

Me explico: escribí hace unos días un retrato, no del todo elogioso, de… No daré nombres, pero la expresión mamarracha morigerada espero que sea suficiente. Bueno, pues hoy he recibido un anónimo de lo más insultante —bueno, anónimo, lo que se dice anónimo, yo no lo consideraría del todo; reconocería ese astroso estilo literario en cualquier puerta de WC público—, poniéndome a caer de un burro (suceso este que considero sumamente improbable dada mi relación con esta especie en peligro de extinción y, en general, con cualquier tipo de animal vivo… que tenga cuatro patas).

Yo, ni corta ni perezosa, le he respondido al susodicho, tratando de aplacar sus (debilitados) nervios. Es más, como soy Mujer Indulgente le he planteado la solución a todos sus problemas (y de paso, también a los míos): que se opere de los nervios. El resultado no puede ser peor de lo que ya es. Total, ¿quién va a notar la diferencia? Si lees estas líneas, amore, sigue mi consejo: opérate y corta por lo sano.

Mañana más.