Bueno, pues... Ay, ay, ay. Sí, otra vez. Y otra. Y otra... O sea, que he entrado en el loop y ya no hay quien me saque. Alcohol, alcohol, alcohol. Ay, sí. O sea. Dipsomanía, dipsomanía, dipsomanía. Una leve resaca instalada permanentemente a mi lado, con el ceño fruncido y el fru-frú atenuado, pero constante, del abanico (por alguna parte hay que eliminar toxinas; sí, llámame Poro Salvaje). Y Yo, muy en mi línea, con el cutis casi intacto gracias a la cosmética -los medicamentos son nuestros amigos; y las cremas con liposomas, ni te cuento-, y el cerebro al borde del ictus (como la Mari-cheli, la pobre).

En fin, el caso es que admito mis culpas. Y lo que es mejor: NO ME IMPORTA. La lirio, la lirio tiene... ¿Qué tiene la lirio? Pues hija, ¿qué va a tener? Una botella de ajenjo cerca, o de anís, o calissay. Y mucho volante. Y mucho lunar. Y mucho moño. Y mucha bisutería.

Y questa notte he quedado con un chulángano encantador (de profesión, actriz y entertainer); y ayer, cené con mis chambelanes y La Única Mujer que conozco capaz de decir dos tacos cada dos palabras sin perder el glamour; y antes de ayer, cené con más gente encantadora; y antes de antes de ayer, con R., chambelana honoraria, mujer versus mujer, llorando ambas de la risa (por no llorar, sí, por no llorar); y...

Hija mía, qué vértigo vital. Horror vacui. Horror.

Jajajajaja. Como decía Cecil Beaton, el peor pecado de todos es el aburrimiento. Estoy de acuerdo.

Mañana más.