Inteligencia? Total, qué más da
"La inteligencia es el único valor absoluto reconocido por la marquesa (MdD), es su pasión desinteresada y a un tiempo su arma agresiva: aclara, desenmascara, ironiza, confiere prestigio, pero nunca se transforma en una fuerza constructiva, en un sentimiento creativo, y pasado cierto punto engendra incluso frustración y dolor."
Benedetta Craveri, MdD y su mundo
Creo que la inteligencia, en general, está sobrevalorada. Igual que las tetas. Son dos conceptos, o más bien, dos pilares del mundo contemporáneo que a mí, la verdad, empiezan a hartarme. Tetas o cerebro. Como si no existiese otra dicotomía. O sea. Rubia o morena. Puta o Santa (como La Pucelle, la pobre). Marlene o Garbo. Eduardiana o rabiosamente pop... Qué pereza, por Dios.
La inteligencia, por ejemplo, no ha salvado a la pobre Masako de deprimirse viva. Normal. Yo también lo haría. Pocas prendas en el mundo favorecen tanto como un kimono, pero esas mangas... Yo creo que son una metáfora. Si Una es capaz de llevar esas mangas con dignidad, Una puede con todo.
Yo paso total (de inteligencia, de tetas, de kimono). Yo... (pausa)... lo único que quiero a estas alturas es poder ir a la peluquería y relajarme. Decirle a la peluquera: "Hazme esto" y que, efectivamente, lo haga sin necesidad de demostrar a cada tijeretazo que es creativa. Vamos, súper creativa. Vamos, la más creativa. Vamos, que no es peluquera "sino estilista, bonita". Estilista, estilista, estilista... Si eso es estilo, querida, Yo soy María de Rumanía.
Yo estoy ya en otro estadio. Algo tipo zen. O sea. Sí, la inteligencia está muy bien; las tetas, también; los kimonos (sobre todo si son antigüedades), ni te cuento... Pero, ¿qué quieres que te diga? Que no. Que a mí dame peluqueras, no estilistas; películas, no reflexiones (porque para reflexionar ya me basto y me sobro Yo solita); un plato de comida, no una sinfonía de colores y texturas; ropa, no jirones...
O sea, es verdad: pasado cierto punto engendra frustración y dolor, pero pasado otro punto, más allá del primero, lo único que queda es una profunda indiferencia. O sea, tal y como decía otra diosa tutelar de mi iconostasio, la hermanísina señora Bell, "cada día hay que sentir menos". Menos, menos, menos. Nervio a nervio, hasta la ataraxia final.
Mañana más.

Los comentarios están cerrados