Bueno, pues parece que me vuelvo a quedar para vestir santos. Cuando mi madre pensaba ya en comprarme el ajuar, todo en lino bordado y con el escudo de la familia... Qué contrariedad.

Bueno, en realidad esto es más bien una metáfora —incluso una jitanjáfora—, porque mi madre no está para nada de acuerdo con que le haya salido una hija así. Pelín desviada. Pelín folclórica. Pelín sobreactuada (bueno, no, sobreactuada la que más; nada de pelín: a mi lado Bette Davis es Liv Ullman, la pobre). Bueno, pues con una hija así (y el resto de la familia no es que me ande a la zaga, by goodness sake), claro, mi madre opta por el estilo british total: en casa no se habla de lo tuyo, aunque sea un SAV (Secreto A Voces… y qué voces). Y ahora, cuando ella y papá, que anda fatal de lo suyo —la gota, que nadie piense en enrevesadas subtramas familiares al estilo Tennese Williams —, se las prometían tan felices, yo me vuelvo a quedar para vestir santos-. Una pena, oye.

He tenido que volver a la residencia de invierno —yo, que estaba divina en la Gran Mansión de mi fiancée, pero, claro, nada es para siempre; ni siquiera los diamantes, que se lo digan a mamá…—; la residencia de invierno, qué horror: una osera mal ventilada en estilo ecléctico —muy ecléctico—; me siento talmente como Imelda Marcos cuando tuvo que salir pitando de palacio con su colección de zapatos a cuestas y sú única preocupación era: ¿Dónde los pongo, Dios mío?

Ella, como yo, era una mujer de conciencia social más bien, en palabras de uno de los chambelanes reales, el gran JA, “esquemática”. Mi conciencia social, también esquemática, me induce ahora a buscar una solución a mis problemas, a saber: la búsqueda de armario. En un primer momento pensé en otra solución bastante más radical: la búsqueda de patrocinador, pero es que yo, como Candela-María Barranco en Mujeres, "yo ya no estoy ni pa ningún hombre, ni pa ninguna persona ni pa ná". Y a todas estas, mi hermano, que pensaba heredar la residencia de invierno para sus propias (y muy depravadas) soirées cripto-sexuales, se ha quedado con un palmo de narices. Creo que ya le ha puesto un cirio pascual a San Antonio bendito para que regrese al redil de la monogamia y el amor conyugal.

—Pues, hijo, tal y como yo lo veo —le he dicho—, creo te va a salir más cuenta que te compres toda la cerería.

Yo es que, además, le veo muy en ese negocio. Haciendo velas aromáticas, vistiendo sandalias y quemando sándalo. Esperemos que el primogénito no se muera en un accidente náutico, como el pobre Andrea (Cassiraghi), porque si no veo que esta dinastía se precipita hacia el desastre...

Y al hermano de Mette-Marit van y lo meten en la cárcel. Eso pasa por contratar a aficionadas.

Mañana más.

No soy una persona de Puta Madre... afortunadamente

Bueno, pues la Naturaleza Humana nunca dejará de sorprenderme. Quiero decir que cuando Una ha sido lo suficientemente Explícita como para dejar las cosas negro sobre blanco (o marrón chocolate sobre fucsia, que también es una combinación cromática complementaria) con Alguien (a quien no llamaremos persona, porque podrían rechinarme los dientes) y ese alguien —apeemos la mayúscula— vuelve a llamarte dos días después para preguntarte Qué-Tal-Tu-Fin-De-Semana, ese gran clásico... Pues, chica, qué quieres que te diga. Apaga y vámonos. Apaga y cierra la puerta. Apaga y tira la llave al mar. Apaga y dame un lanzallamas.

Me pregunto qué Significados Ocultos sacará la gente de la siguiente conversación:

—Ahora va a venir una amiga mía... (pausa y mohín, algo así como si una morsa hubiese sumergido de pronto sus bigotes en alquitrán)... heterosexual.

—Gracias a Dios —me persigno—, una persona normal en este Carnaval de Horrores.

Cuando llega la que tú creías que era "Una Persona Normal" (que Dios me conserve la inocencia y la candidez por Muchos Años), y descubres a un ejemplar único —afortunadamente— salido de una sima, con dos costurones sobre los labios, ojos de pez (abisal, no me cabe la menor duda), una voz que parece el resultado de frotar cristales rotos sobre una pizarra, una figurilla de Tanagra en toda regla —y no, querida, no es un halago— y con una actitud... en fin, una actitud que quedaría muy bien en un camionero de Kentucky, adicto al pollo frito y las camisas de franela, pero no en una Dama; pues, claro, se te cae el mundo a los pies y los palos de la pamela a los Manolos.

Intentar dialogar con un especímen semejante era, a todas luces, una labor que excedía todas mis capacidades, de modo que renuncié y miré a mi alrededor, en busca de ayuda (Una Chica Como Yo siempre que mira alrededor es que busca ayuda o un patrocinador). Nunca debí hacer semejante cosa: una marica peruana y otra, venezolana, especializadas en la técnica del vibratto elevada a su enésima y más turbadora potencia no son La Compañía que yo le exijo a Una Noche para que resulte inolvidable; ni siquiera mínimamente aceptable. Cerré los ojos, intenté cerrar los tímpanos (y los esfínteres) y me encomendé al Niño Jesús de Praga, que para este tipo de situaciones tiene muy buena mano.

Pero, claro, todo tiene un límite. Y ese límite está cuando Una Desconocida Espantosa te grita "mamarracha" y "chocho" por decimotercera vez. Si el límite no está ahí, que venga Dios y lo vea.

De modo que Yo, ni corta ni perezosa, dry martini en mano, la miró de arriba abajo y, achinando los ojos como Louise Hay tras su (pen)último lifting, le pregunto con mi mejor sonrisa:

—¿Y tú, bonita-querida-tesoro-cariño-corazón-amor-vida, para QUÉ te has operado del labio leporino si no tenías nada realmente interesante que decir?

El Especímen Degradado y Soez se puso como la grana —cianótica, creo que es la palabra correcta— y, ni corta ni perezosa (dos cosas que al parecer no era, en oposición a Ordinaria, Cargante y Sórdida, que lo era un rato largo), empezó a vilipendiarme con el lenguaje más patibulario. Hasta que ya, en un paroxismo de ofendida dignidad —jajajajaja—, estalló:

—Dios mío, y a mí que X. (ese alguien, en minúscula, que hoy me ha llamado para... para lo que quiera que haya llamado; no me interesa lo más mínimo) me había dicho que eras Una Tía De Puta Madre.

Si mi madre llega a escuchar semejante expresión le da una embolia. Yo, con los ojos ya como dos meras rendijas, me acerqué al personaje en cuestión y le escupí:

—¿Sí? Vaya por Dios, pues a mi me había dicho que tú eras una chica muy simpática... y heterosexual. Ya ves, al parecer nos ha mentido a las dos. Vaya, vaya, X., eres un pillo.

Apuré el dry-martini de un trago y me di la vuelta:

—Ahora, querida, me temo que tendrás que perdonarme. Me veo obligada a abandonarte. Es que tengo que retirarme a mis aposentos para hacerme una lobotomía... Lo digo por si mañana nos encontramos por casualidad en la calle. Dios no lo quiera. Nunca me he cambiado de acera, pero eres de ese tipo de personas por las que cruzaría hasta el Potomac.

Al parecer, Alguien y el Especímen se sintieron heridos en lo más vivo (el maquillaje o la laca de uñas, supongo) y decidieron que Yo no era Una Persona de Puta Madre. Efectivamente, NUNCA lo he sido.

Mañana más.